Impacto sonoro en el mar: comprender para reducir mejor la velocidad.

Para quienes lo han seguido, este es el eslogan de nuestra campaña anual. Si centramos nuestros esfuerzos en la navegación de recreo y las bajas potencias, es ante todo porque nuestra visión es acompañar una navegación que se toma su tiempo, respetuosa con el medio marino y las especies que viven en él. Y porque la voluntad de reducir nuestro impacto forma parte de nuestro ADN, quisimos entender cómo mejorar.

Descubro la campaña "Speed is none of our business".

Una característica notable de nuestros motores es su discreción, por lo que la característica evidente que debíamos analizar en primer lugar se impuso por sí sola: bajo el agua, ¿qué ruido hacen? ¿Y cuáles pueden ser sus impactos sobre la fauna marina?

Así que investigamos… y descubrimos un universo a veinte mil leguas del "mundo del silencio", en el que los sonidos envuelven a cada ser vivo. De ahí nació un estudio, todavía en curso, cuyas conclusiones tenemos muchas ganas de compartir con vosotros, probablemente a partir del otoño. Pero ya está lleno de aprendizajes.

El primero de la lista se llama "Ruido antropogénico submarino". ¿Qué es eso?

El URN (en inglés, Underwater Radiated Noise) es un término técnico que esconde un universo que se nos escapa y que, sin embargo, pesa mucho bajo la superficie oceánica. Empecemos por el ruido, que designa un sonido poco o nada armonioso: el ruido expresa molestia. «Antropogénico» designa su origen: las actividades humanas. Por último, precisar «submarino» no es un detalle menor, ya que este universo acuático es otro mundo en el que nuestras referencias humanas ya no sirven.

Bajo el agua, la luz se ralentiza antes de extinguirse definitivamente al cabo de unos cien metros. Mientras tanto, nos deja contemplar sus diferentes matices de azul, el último color que absorbe el medio acuático. Dicho de otro modo, la visibilidad es bastante limitada. Las ondas acústicas, en cambio, no encuentran la misma dificultad y se aceleran. Según su frecuencia, incluso son capaces de recorrer distancias considerables: ¡miles de kilómetros!

Pero ¿por qué la acústica submarina es un desafío?

Los sonidos bajo el agua son una herramienta indispensable para la supervivencia de una parte considerable de la biodiversidad marina: sirven para comunicarse, orientarse, alimentarse y reproducirse. ¡Indispensable!

Bajo el agua, especialmente en la franja litoral, existe un recital permanente llamado biofonía, que forma parte del ruido ambiente. En realidad, el silencio es la ausencia de vida, tanto en tierra como bajo el mar. Esta alerta, lanzada en 1962 por la bióloga Rachel Carson y su libro «Primavera silenciosa», es hoy transmitida al mundo submarino por las Naciones Unidas. Pasando de la categoría de «amenaza» en 2005 a la de «peligro mayor» en 2010, el ruido antropogénico submarino es hoy objeto de un consenso científico reconocido internacionalmente. Fue consagrado en la UNOC3 (3.ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Océano, Niza, junio de 2025) con la creación de la Coalición de Alta Ambición por un Océano más Silencioso, que reúne a 37 países. El tráfico marítimo es su principal contribuyente, pero también participan otras actividades humanas, como las actividades militares, la prospección petrolera y las grandes obras marítimas.

Pero ¿qué hace la navegación de recreo entre todos estos pesos pesados?

La navegación de recreo también está implicada, principalmente porque se practica en la franja litoral, una zona especialmente rica en biodiversidad. Aunque los niveles sonoros de sus emisiones pueden no ser traumáticos, o serlo poco, para las especies marinas, sí pueden cubrir sus comunicaciones. Es lo que se conoce como enmascaramiento, cuyas consecuencias pueden contribuir a desequilibrar de forma duradera un ecosistema. Indirectamente, también nosotros, los humanos, nos vemos afectados: según un informe de la OCDE (OCDE (2025), La economía del mar en el horizonte 2050, Éditions OCDE, París), el océano, que alberga el 90 % de la biodiversidad terrestre y produce la mitad del oxígeno que respiramos, representa también la principal fuente de proteínas para más de 3.000 millones de seres humanos. Si el mar fuera un país, su economía habría sido en 2019 la quinta más importante del mundo. Entre 1995 y 2020, representó entre el 3 % y el 4 % del valor añadido bruto (VAB) mundial y empleó hasta 133 millones de equivalentes a tiempo completo (ETP). En estas condiciones, preservar la biodiversidad marina es para el ser humano una cuestión de supervivencia, ni más ni menos. Ya no hay ninguna duda: merece realmente la pena reducir nuestros ruidos submarinos.

Veleros fondeados

Pero, en la práctica, ¿de dónde vienen exactamente estos ruidos?

La principal fuente del ruido irradiado por un gran buque es la cavitación de su hélice. Al girar, las palas de la hélice crean una depresión que puede hacer que el aire contenido en el agua se vaporice. Aparecen burbujas en el extremo de las palas y estallan en un zumbido ensordecedor cuyo nivel sonoro puede alcanzar 188 decibelios - dB (cuando los umbrales que provocan lesiones rondan los 160 dB). En la navegación de recreo, el fenómeno es idéntico, pero varía según la motorización. Los niveles sonoros son más bajos, aunque siguen siendo significativos (135-175 dB para un fueraborda térmico de 150 CV).

Las otras fuentes de ruido son las vibraciones del motor (importantes en un motor térmico, incluso al ralentí) y los flujos hidrodinámicos del casco.

Todas estas fuentes dependen de la velocidad de la embarcación: a mayor velocidad, hay más estela, mayor velocidad de rotación de la hélice, más cavitación y, en última instancia, más ruido.

¿Es la velocidad una buena vía de reducción?

Controlar la velocidad es un factor universal de reducción de impactos, que no se limita únicamente al ruido, sino también a las emisiones de GEI (gases de efecto invernadero). La OMI (Organización Marítima Internacional), que coordina las normativas marítimas ante las Naciones Unidas, lo entendió bien y desde 2014 propone recomendaciones en este sentido para los armadores, revisadas en 2023 a través del proyecto «GloNoise». La cuestión de la velocidad ocupa en ellas un lugar central.

Un experimento iniciado en 2017 por el puerto de Vancouver, de forma voluntaria, demostró la eficacia de la medida. Al pedir a los buques mercantes que redujeran a 11 nudos su velocidad en el estrecho de Haro (frente a los 13-18 nudos habituales), la intensidad sonora de la zona se redujo en un 50 %. Los efectos positivos también incluyeron la reducción del riesgo de colisión con cetáceos y de las emisiones de GEI. La operación fue un verdadero éxito, con un 80 % de los armadores respondiendo favorablemente al llamamiento.

Si reduzco la velocidad, ¿gano en todos los frentes?

Para cada buque, la reducción de velocidad también reduce el perímetro en el que se ejerce esta molestia, como han demostrado los científicos de la Universidad de Aarhus (ver figura adjunta).

Reducir la velocidad también reduce el consumo energético de los buques, ya que los «últimos nudos» son especialmente intensivos en energía. Según las cifras del armador Louis Dreyfus, reducir la velocidad de un granelero en 2,5 nudos permite reducir en un 50 % su consumo de combustible y las emisiones de CO2 asociadas. Para un motor fueraborda de 150 CV, reducir la velocidad de 32 a 22 nudos permite dividir su consumo por dos, y los mejores rendimientos distancia/consumo se obtienen a una velocidad de 5 nudos. Para varias asociaciones de armadores, reducir la velocidad del transporte marítimo es la única medida disponible de inmediato, que no requiere inversión y permite reducir masivamente los impactos (contaminación acústica, colisiones, etc.), al tiempo que responde a los objetivos de descarbonización. Bautizada como "Slow Steaming", también se utiliza regularmente para controlar los costes operativos durante las crisis energéticas.

¿Cómo construir una conciencia sobre los impactos de la velocidad?

En lo que respecta a la navegación de recreo, en Francia ya existe una limitación de velocidad a 5 nudos en la franja de 300 m, así como otros experimentos en determinadas áreas marinas protegidas del Mediterráneo. Pero su perímetro es demasiado reducido para proteger eficazmente los ecosistemas. Además, no siempre se respetan, probablemente no por mala voluntad, sino más bien por desconocimiento de los impactos reales de la velocidad sobre los seres vivos.

Al igual que en la conducción automovilística, donde décadas de prevención han llevado a la aceptación social de la reducción de velocidad en carretera y de los accidentes asociados, podemos imaginar que el ámbito marítimo vivirá naturalmente la misma evolución. Según la aseguradora April Marine, el 20 % de los accidentes náuticos declarados corresponden a colisiones entre dos embarcaciones. Pero esto también oculta las colisiones con especies marinas, más numerosas de lo que se piensa.

¿Qué representa la cara oculta de las colisiones en el mar?

En el tráfico marítimo, se estima que el 90 % de las colisiones con cetáceos pasan desapercibidas. Sin embargo, las cifras son elocuentes: las evaluaciones indican que entre 20.000 y 30.000 ballenas mueren cada año en una colisión. Como reflejo de esta toma de conciencia progresiva, algunas instituciones establecen restricciones localizadas con el objetivo de preservar los ecosistemas y la seguridad de los usuarios.

En el golfo de Saint-Florent, en Alta Córcega, la prefectura marítima ha establecido una orden que limita la velocidad de toda embarcación a 20 nudos, más allá de la franja de 300 metros y hasta aproximadamente 1000 metros del litoral. En Reunión, la operación "Freno a la velocidad en el mar", lanzada en mayo de 2024 por las autoridades, es una acción de sensibilización sobre las buenas prácticas en el mar para preservar los animales marinos, especialmente las tortugas marinas, víctimas de colisiones mortales con embarcaciones.

El Observatorio de Tortugas Marinas invita así a los usuarios del mar a respetar los límites de velocidad: 5 nudos en la franja de 300 m desde la playa o la barrera de coral y navegar a un máximo de 10 nudos en la franja de una milla náutica. Según un estudio científico, esto permitiría reducir en un 80 % el riesgo de colisiones.

Prolongar el placer, reducir la velocidad, navegar en eléctrico: ¿la combinación ganadora?

Reducir la velocidad ofrece, por tanto, un amplio abanico de reducción de impactos: riesgo de colisión, disminución del consumo y de las emisiones de GEI asociadas, reducción de la intensidad sonora. La inversión financiera es nula (incluso negativa gracias al ahorro de combustible) y los efectos son inmediatos. El precio que hay que pagar es simplemente el esfuerzo necesario para modificar nuestros comportamientos.

Aunque la navegación de recreo representa un impacto limitado frente al sector del transporte marítimo, posee una fuerza simbólica capaz de hacer evolucionar positivamente la opinión pública y actuar sobre todos los sectores. Y si la tecnología no lo hace todo, sí puede contribuir y ofrecer el «empujón» necesario para cambiar nuestros hábitos.

En este sentido, la electrificación de la navegación de recreo puede actuar como un "Game changer", ya que sus ventajas y limitaciones respetan el pliego de condiciones necesario para la indispensable preservación del medio marino.

¿Por qué los motores eléctricos pueden ser el "Game changer" de la navegación de recreo?

Por su diseño, el motor eléctrico entrega su par máximo desde las primeras vueltas de la hélice.

Su potencia máxima está disponible rápidamente y se mantiene en una amplia gama de regímenes. En cambio, un motor de gasolina de combustión atmosférica (sin turbocompresor) solo entrega su mejor par y su mejor potencia a un régimen preciso (por ejemplo, 5000 rpm para un fueraborda clásico).

En un automóvil, esta característica se compensa mediante el uso de una caja de cambios que permite utilizar el motor en su mejor rango para distintas velocidades de rotación de las ruedas.
En un fueraborda marino, no es el caso. Esto le da mucha menos flexibilidad de uso y lo incita a funcionar a un régimen elevado, con la velocidad que ello implica. La capacidad del motor eléctrico para mantener una potencia elevada en una gama de régimen más amplia (y más baja) permite diseñar hélices con un empuje estático más fuerte desde los bajos regímenes, retrasando la zona de cavitación (y, por tanto, el ruido).

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Eficiencia energética y adaptación a nuestros usos: el eléctrico va en cabeza.

Aunque el motor eléctrico también puede permitir ir rápido, será a costa de un mayor consumo energético. Lo mismo ocurre con un motor de combustión, cuyo consumo se dispara a alta velocidad. Pero la densidad energética de la gasolina, de media 100 veces superior a la de una batería de iones de litio, permite compensar este inconveniente. La diferencia de rendimiento entre ambas tecnologías (90 % para el eléctrico frente al 20-30 % del motor de combustión) no permite cerrar esa brecha. La llegada al mercado de los electrolitos sólidos podría mejorar esa densidad, pero es fundamentalmente la mayor eficiencia energética de los motores eléctricos la que marcará la diferencia. La sobriedad energética es un reto importante y, una vez más, la reducción de la velocidad y la tecnología eléctrica encajan perfectamente para ofrecer una alternativa creíble.

El conjunto de los casos de uso asociados a la navegación de recreo también apunta en este sentido: entrada y salida de puerto para veleros, navegación en la franja de 300 m, maniobras de aproximación, reducción de velocidad en las AMP (Áreas Marinas Protegidas), desplazamientos en zonas de fondeo, excursiones motorizadas, desplazamiento lento para simular la deriva en la pesca… Los ejemplos son numerosos.

Pero primero, ¡hay que reducir la velocidad!

En un momento en que el IPBES (el equivalente del IPCC para la biodiversidad) advierte en su informe Nexus, publicado en 2024, que las diferentes crisis sistémicas relacionadas con el agua, la alimentación, la salud y la biodiversidad están interconectadas, deberíamos abordar razonablemente la situación identificando claramente los gestos más simples que ofrecen una acción rápida y eficaz.

Reducir nuestra velocidad en los océanos, sea cual sea nuestra actividad, comercial o recreativa, forma parte de ellos.

En el momento de girar el acelerador y para asumir plenamente nuestra pasión por los océanos, pensemos en todas las especies vivas que los habitan, con las que cohabitamos y de las que depende el aire que respiramos. Porque si la biodiversidad representa tanta riqueza para el ser humano, es porque él mismo es un eslabón de esta gran cadena de la vida, hoy más vulnerable que nunca.

Entonces, ¿te apuntas al slow sailing?

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